Todo, para darme cuenta, que esto ya lo había dicho alguien
Voy detrás de un sueño, disfrazado de nube
Los frutos, se van viendo con los dias
No habrá nadie, oh noche luminosa, que nos revele el porqué de esta ansia de infinita posesión, esta intranquilidad atormentadora de hallar alegría ilimitada, que despiertas en el alma, cuando se oyen entre los árboles cuchicheos misteriosos.
Me duele de no poder amar inocentemente como antaño, pero en verdad que no cambiaría por nada de la tierra esta tristeza mía, que es tristeza por no poder hartar el corazón.
—Fernando Gonzalez, El payaso interior, 1916




